A partir de este concepto, programan debates en los medios de comunicación que enfrentan a seguidores de esta tendencia con los defensores del cine clásico de toda la vida. El contraste salta a la vista, ya que se podría decir que en el Dogma no hay nada preparado con antelación, es decir, guión técnico y producción, pero es falso. Esta variación requiere un equipo material y humano tan complicado como cualquier otra película, tan solo que se busca la naturalidad como si se tratara de la vida misma, y esto puede confundir al espectador con el concepto de espontaneidad.
Si se compara el clásico Casablanca con el dogma Celebración, hay contenido para realizar una extensa tesis doctoral. Desde un punto de vista técnico, la diferencia es notable debido a la disciplina de la primera, cuidando cada plano en un intento de alcanzar la perfección a la que se acerca, en contraposición al aparente desorden que se muestra en unos anárquicos planos logrados con cámara en mano, o escondida en un rincón de la sala donde se rueda la mayor parte del film.
El debate se cierne al comprobar que las películas que se identifican con el manifiesto no cumplen con todos y cada uno de sus mandamientos. Por ejemplo; el primero exige escenarios naturales sin introducir elementos nuevos en escena, y que todo el rodaje se realice en exteriores. La mayor parte de estas películas tienen secuencias grabadas en interiores. El noveno dice que el formato de grabación tiene que ser en 35 milímetros. Más de un director no tuvo problema en grabar su trabajo en digital. Los demás principios tratan la prohibición de filtros y trucajes, sonido directo y sin música, prohibición de cambios temporales y geográficos, la película debe ser en color, sin iluminación especial, grabación con cámara en mano, la trama se basa en historias cotidianas del día a día, prohibiendo las películas de género, y para terminar el nombre del director no puede aparecer en los créditos finales.
La razón de esta última la tendrían que desvelar los cineastas que firman esta especie de tratado que se cae por su propio peso, al comprobar que la idea de libertad cinematográfica choca con tanta prohibición y regla. El cine que se realiza desde finales del siglo diecinueve con Melies hasta las últimas producciones independientes, se basan en un guión literario que se convierte en técnico mediante la correcta utilización del lenguaje cinematográfico, eso sí, adaptado al estilo propio de cada director, convirtiéndose en obra de arte. No existe una constitución que dicte como se debe pintar un cuadro, o escribir una novela. Los métodos, las lecciones son conocimientos teóricos que se aprenden y se llevan a la práctica de forma original y con total libertad. Cualquier otro concepto que dicte una única vía para crear una obra de arte debería ser ignorado. Probablemente se trate de un reclamo publicitario para llamar la atención de aquel público aburrido de las directrices marcadas por el Imperio Hollywood.
En conclusión, grandes directores con técnicas peculiares y excelentes películas aptas para un público deseoso de buen cine. Lo demás sobra. El marketing debe permanecer separado del arte a una distancia prudente".
Todo ésto viene a cuento del último estreno de Lars Von Trier, "Melancolía". En un principio parece como si el argumento hubiera sido impuesto o encargado a este autor, nada tiene que ver con la temática ni con el estilo al que nos tiene acostumbrados. Por otro lado, continúa realizando una "contrapromoción" donde se tira piedras contra su propio tejado, dejando claro que su película le parece aburrida. Denota que su currículum ya lo tiene bien ganado y que no necesita nada más, que hace cine porque es su profesión. Por ello, me quedo de su filmografía con las siguientes obras de arte:
- ROMPIENDO LAS OLAS (1997) con Emily Watson, Stellan Skarsgard, Katrin Cartlidge.
- LOS IDIOTAS (1998) con Bodil Jorgensen, Jens Albinus, Anne Louise Hassing.
- BAILAR EN LA OSCURIDAD (2000) con Bjork, Catherine Deneuve, David Morse.
- DOGVILLE (2003) con Nicole Kidman, Paul Bettany, Lauren Bacall.